Por qué Nunca Morimos?

Cuando pequeño, estaba aterrorizado de la muerte. Era en las horas de la madrugada que constantemente, entre el momento de estar acostado y dormirme que el terror crecía. El pensamiento de desvanecerme completamente del mundo, de ser envuelto en una imborrable oscuridad crecía en mi y se aplastaba con ello la real existencia del mundo.

cutmypicNo era simplemente que ya no estaría ahí, era que la realidad en si misma colapsaría careciendo de cualquier tipo de aprehensión. Petrificada frente a un vacío tan vasto que no podría ser contenida dentro del  pensamiento, mucho menos un ser pensante, era imposible saber cuánto tomaría para desvanecerse dentro del abismo que silenciosamente me llamaba.

La religión y la espiritualidad eran de poco o ningún consuelo. Hasta a mi mente joven la golpeaban como fantasías que habían sido construidas elaboradamente e impuestas forzosamente para retardar el horror. Sus poderes palidecían en comparación con el infundado vacío que buscaban enmascarar y mi mente sin descanso no tendría nada de consolación. Al crecer, el interés en filosofía era tal, que abrió puntos a la vista para observar dentro de la vertiginosa cara de la muerte y cuestionar el sentido de vivir en un incierto mundo precariamente posado en la certeza absoluta de la muerte.

La experiencia adhirió realidades materiales a estos pensamientos inestables. Recuerdo atender a un primer funeral con ataúd abierto y echar ojo al dócil, cuerpo sin vida de Everett, un granjero de edad de quien su esencia de sombrero de verano y pacífico comportamiento había dejado una peculiar impresión en mi mente novata. Luego había historias de otros muriendo a mi alrededor y la profunda tristeza que les acompañaban, variando desde suicidios de ruleta rusa a explosiones horrorosas de gas propano.

Crecer en una granja trajo consigo además la omnipresencia de la muerte, desde ataques de mapaches y coyotes a viajes al matadero, o incluso enfermedades de invierno que nos tenían a mi hermano y a mi grabando lápidas poco profundas para animales dentro de tierra congelada como niños pequeños. Aún recuerdo estar mirando a mi hermana pequeña sosteniendo el cuerpo sin vida de un cordero recién nacido bajo agua cálida corriendo, con una confusa esperanza de alguna manera traerlo de vuelta del precipicio. La vida fue embebida con muerte.

cutmypic-1Hoy, mi hijo mayor a sus 6 años, ha sido víctima de éstos mismos temores. Con dos dedos alojados en su boca, tirando hacia abajo su mandíbula inferior como si estuviera tratando de aferrarse a alguna cornisa autosuficiente de significado. Él me mira desde la cama en la penumbra y me pregunta si todo el mundo morirá algún día. Quiere saber cuándo los científicos desarrollarán una poción que nos permitirá vivir para siempre. Le digo que no estoy seguro que sucederá, pero no puedo evitar consentir sutilmente el consuelo que le lleva a imaginar un día tomar de un vaso encantado y compartirlo con toda familia. Aún así, los miedos siguen allí y él percibe mi inseguridad. Trata de calcular con su aritmética rudimentaria cuántos años tendrá antes de morir. Luego interviene diciendo que puede que sus extrañas sumas no tengan sentido, porque podría haber un accidente que le cause la muerte antes que a mi.

Le escucho repetir en la oscuridad, como un eco a través de las épocas los pensamientos que una vez tuve en silencio, incluyendo la convicción de que yo moriría joven. El me traslada a esos terrores, los cuales sorprendentemente se han retirado con los años. Es posible, tal vez, que yo hubiera meramente sobrevivido a una prolongada pulsión de muerte adolescente? Con seguridad sentí en algún momento que ya estaba en la vida después de la muerte, ya que mi existencia pudo fácilmente haber terminado hace mucho tiempo. Al mirar atrás desde ésta inmanente vida después de la muerte en mis anteriores terrores y cómo habían sido lentamente enterrados con el tiempo, ahora veo que fueron fijados demasiado en mi propia muerte biológica. Desde que reconocí  la trascendencia eterna como nada mas que una ilusión confortable, la única cosa que quedó fue mi vida finita en el aquí y ahora, la cual fue destinada a desaparecer para siempre en un desvanecimiento instantáneo.

cutmypic-2Ahora es patentemente claro para mi, sin embargo, que en realidad nunca morimos de esta manera. Nuestra existencia tiene numerosas dimensiones y cada una vive de acuerdo a diferentes tiempos. El estrato biológico, el cual ingenuamente tomé en el sentido de la vida en general, es en ciertas maneras un largo proceso de desaparición – todos estamos muriendo todo el tiempo – solo que en diferentes ritmos. Lejos de ser un horizonte final mas allá de la curva, la muerte es una característica constitutiva de la extensión de la vida biológica. En otras palabras, estoy confrontando mi muerte cada día que vivo. Es más, la dimensión física de existencia claramente persiste mas allá de cualquier umbral biológico, así como los componentes materiales de nuestros cuerpos se mezclan y unen en diferentes formas con el cosmos.

Los artefactos que hemos producido pueden también perseverar, estos pueden variar desde nuestra huella física en este mundo, hasta objetos que hemos hecho o escritos tales como éste. Hay de la misma manera una dimensión psicosocial que sobrevive nuestro retiro biológico, el cual es visible en el impacto que hemos tenido – para mejor o peor – en toda las personas que nos rodean. Viviendo, trazamos un despertar en el mundo.

Si la muerte biológica aparece para algunos como un punto final de existencia, hay sin embargo, una longevidad para nuestras vidas físicas, tangibles y psicosociales. Ellas se entrelazan y mezclan con el amplio mundo del cual estamos tejidos. Esto sin embargo no debería ser tomado como un consuelo espiritual, sino como una invitación para enfrentar las maneras en las cuales nuestras inmanentes vidas simplemente nunca son nuestras.

La existencia auténtica es quizás el confrontar menos de manera valientemente la inevitable realidad de nuestra finitud y más sobre reconocer y cultivar las múltiples dimensiones de nuestras vidas. Algunas de estas nunca pueden realmente morir porque no nos pertenecen solamente a nosotros. Ellas continúan en el mundo físico, en los vestigios materiales y culturales que dejamos, así como en los efectos psicológicos y sociales en aquellos que nos rodean. Es en este tema que mis conversaciones de crepúsculo con mi hijo mayor toman una luz diferente. Aunque puede que no traigan consuelo a ninguno de nosotros en el sentido tradicional, ciertamente dejan trazos de un intenso momento de compartir algo que continuará en ambos, así como en mi hijo menor que juega “al muerto” en su cama a nuestro lado, cuando pretende dormir mientras escucha atentamente nuestros perspicaces intercambios.

Autor: The New York Times Company
Traducción: Tudespertar 

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